Deshaciendo entuertos

8 10 2010

(post para el Blog ‘Proceso de paz‘ de Lokarri)

No es algo nuevo, pero últimamente lo percibo con más intensidad. Me refiero a una confusión sobre las estrategias para terminar con la violencia en el País Vasco y la cercanía o no a ETA.

Por muchas cosas afirmadas, publicadas y difundidas, parece que hubiera dos sectores: uno, crítico con la violencia pero que en el fondo es ‘cercano’ a ETA y, por ello, pide un final pactado de la violencia, y, otro, radicalmente distante de ETA que, obviamente, no apuesta por el diálogo y sólo contempla, simple y llanamente, su derrota.

Como todo tópico tiene su parte de verdad. Evidentemente, gente cercana a ETA preferirá un proceso en el cuál ETA tenga su protagonismo y espacio y, por el contrario, gente que desprecia profundamente a ETA se sentirá más a gusto con una perspectiva de ‘vencerla’.

Pero hay otra gente (es mi caso, y quiero creer que el de mucha otra gente en el País Vasco, en Catalunya y en el conjunto del Estado español) que se mueve en otro parámetro.

Veamos: si ETA y todos los sectores que le dan apoyo moral, técnico o político se dieran cuenta esta misma noche que la violencia política no solo es absurda sino que además inflinge un dolor inaceptable y mañana se dejaran de grandilocuencia vacía y asumieran el grave error de su apuesta violenta, personalmente me sentiría plenamente satisfecho.

El problema es que es altamente improbable que esto suceda. Pero además, sabemos que incluso en el óptimo escenario actual de un incipiente proceso de paz (Declaración de Bruselas, paso adelante y valiente de la izquierda abertzale descartando la violencia, comunicados de ETA dónde se declara abierta a terminar con su actividad, etc.), ni que sea por experiencia comparada con otros procesos y situaciones, hay algunos elementos a tener en cuenta:

1. Que toda ‘institución’ (también, un grupo armado fuera de la legalidad) tiende a perpetuarse y difícilmente se ‘suicidará’ sin alicientes, estímulos y contextos adecuados para que lo haga.

2. Que en todo proceso de paz incipiente, tan importante que lo que ha permitido vislumbrar un final de la violencia es que se pueda completar esa final con éxito, evitando crisis o disidencias que puedan permitir el resurgir de la violencia.

3. Que un final pactado y negociado de un ciclo de violencia política es la mejor base para afrontar con garantías un apasionante pero también durísimo reto: construir unas nuevas bases compartidas para la convivencia con la terrible dificultad de integrar en una misma comunidad a personas que han sufrido la violencia y personas que la han ejercido.

Por todo ello, fuera del tópico debate –‘comprensivos con ETA que apuestan por el diálogo’ versus ‘críticos con la violencia que apuestan por el fin de ETA’- creo que hay una tercera apuesta: los categóricamente convencidos, ética e ideológicamente que la violencia es inaceptable e intolerable pero que tienen claro que la mejor manera de pensar en un futuro sin violencia política es poder conseguir un final pactado, organizado y consensuado de la violencia entre todos los actores que han participado y sufrido esa violencia.

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