¿Queremos erradicar el terror?

15 11 2015
Foto: StarMedia

Foto: StarMedia

París. Viernes por la noche. Un nuevo zarpazo de barbarie. Seis ataques coordinados, disparos indiscriminados, 129 muertos, 300 heridos, 99 en estado crítico. Desolación. Impotencia. Terror.

Lo primero que hay que hacer es llorar las víctimas. 129 personas han visto truncadas sus vidas y sus esperanzas. Y solidarizarse con sus seres queridos: centenares de familiares y amistades estarán sufriendo el sinsentido de una muerte criminal.

No le pongamos peros. Esos ciudadanos de París han muerto salvajemente, injustamente, en manos de gente enloquecida por el fanatismo y la ignorancia. No debería haber sucedido, bajo ninguna circunstancia. Ninguna razón, sea la que sea, puede justificar un acto criminal así.

Debemos hacer todo esto. Pero también algo más.

Nos toca pensar y analizar. Determinar y proponer. Evaluar y actuar. Mirar de entender porque estas barbaridades se producen. Procurar actuar de manera que no vuelvan a producirse. Dejar de hacer lo que puede alimentar que se reproduzcan. No hacer lo que el terrorismo yihadista busca que hagamos.

El terrorismo yihadista (primero Al Qaeda, luego Estado Islámico –Daesh de ahora en adelante- y multitud de otros colectivos) lleva años creciendo en número de grupos, acciones, nivel de brutalidad y facilidad para conseguir nuevos adeptos. Crece su importancia y, sobretodo, su impacto e influencia.

Sin duda, el principal alimento del yihadismo es el discurso del odio. Por ello, sacrificar -por una supuesta lucha más efectiva contra el terrorismo- los valores del diálogo, la paz, la tolerancia y los derechos humanos, sería un grave error. Y la primera victoria del yihadismo.

Daesh busca que el virtual choque de civilizaciones se haga realidad. Y para ello es fundamental que la delicada cohesión de las sociedades europeas salte por los aires. La islamofobia, además de una respuesta absurda (la mayoría de víctimas de Daesh son otros musulmanes) sería la segunda victoria del yihadismo: precisamente es lo que busca, que muchos ciudadanos europeos de ascendencia musulmana vean el extremismo como única salida.

Decenas de miles de personas se sienten atraídas por esos discursos extremistas y, sobretodo, por la expectativa de nueva realidad que le ofrece Daesh. Es vital cortocircuitar esa conexión. Pero no siempre nos damos cuenta que el desastre, la injusticia y el caos de este mundo –del que participamos y sacamos tajada- pueden ser factores que faciliten el tránsito de mucha gente hacia el extremismo violento.

Condenamos el sectarismo, la intolerancia y el racismo existente en el discurso y la práctica de Daesh. Pero a veces nos olvidamos que en toda Europa las proclamas xenófobas, simplistas y que criminalizan al inmigrante y al diferente encuentran cada vez más eco social. Y que muchos partidos e instituciones, para mirar de contener ese crecimiento, copian y reproducen esos discursos, dándoles así aún más credibilidad, legitimidad y resonancia.

Nos extraña que haya gente que no encuentre otra salida que el extremismo violento. Pero no nos damos cuenta de que, a veces, nuestras políticas exteriores no dejan demasiadas salidas: dejamos pudrir situaciones de tensión, damos apoyo a regímenes impresentables, intervenimos en conflictos con intereses cortoplacistas y nos desprecoupamos del inmenso drama que generan a miles, centenares y a veces a millones de personas que los sufren. Y, finalmente, cuándo vienen a nuestras fronteras, huyendo de la violencia, les cerramos las puertas.

Condenamos la extrema violencia de Daesh, pero participamos de una cultura de la violencia que implica un gasto militar desorbitado y ofrecer respuestas militares, a menudo con estúpida sobreactaución, a problemas que demandan soluciones políticas.

Nos preocupamos de la pujanza de Daesh pero mantenemos como aliados a regímenes que han tolerado, facilitado y permitido el desarrollo económico, armado y reclutativo de Daesh. Regímenes que hacen políticas represivas y discriminatorias, que cortan todas las salidas de expresón política, que discriminan a colectivos y que frustran los anhelos de mucha gente joven.

Nos extrañamos de que Daesh disponga de suficientes recursos económicos e incluso comercie, pero olvidamos que vivimos en un mundo que permite, tolera y practica la economía criminal y los paraíses fiscales.

Abominamos de las atrocidades cometidas con armas pero hemos tardado 20 años a adoptar un Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA) que, de cumplirse, debería impedir el acceso al mercado de armas por parte de criminales, genocidas, regímenes represivos y grupos terroristas.

Llevamos 15 años alarmados por el terrorismo yihadista pero no nos damos cuenta que la ‘guerra contra el terror’ solo ha conseguido incrementar el volumen y la virulencia terrorista.

Nos da mucho miedo Daesh pero no acabamos de comprender que nos debería dar más miedo muchas de las decisiones políticas, económicas y sociales que hacen este mundo como es. La dramática verdad es que Estados y líderes políticos mundiales no tienen una agenda sincera y honesta en favor de la paz, los derechos humanos, la democracia y la justicia. Si miramos Siria (lugar dónde Daesh se ha desarrollado e implantado aprovechando el caos y zona de origen de la mayoría de refugiados del mundo) deberemos constatar que las actuaciones de las potencias mundiales (Estados Unidos, Rusia, China, Europa) y de las potencias regionales (Irán, Arabia Saudí, Turquía, etc.) han actuado en ese país siguiendo muchos intereses y prioridades pero, nunca, el de preocuparse por la suerte de la población siria y una solución justa al conflicto.

Seguramente, ni procurando hacerlo todo bien podríamos evitar totalmente el azote de la violencia. Pero si no nos tomamos en serio el fomento de la paz, la defensa de los derechos humanos y la promoción de la justicia, es seguro que deberemos aprender a convivir con altas dosis de violencia, caos y barbarie.

Anuncis




Fugint de la violència

1 11 2015
Foto: The Guardian

Foto: The Guardian

(Article demanat per Entrepobles i publicat a la seva revista núm 64. Tardor 2015)

Entre la primavera i estiu d’enguany, vam assistir a una autèntica tragèdia humanitària a la Mediterrània. Desenes de milers de persones que fugien de la violència intentaven creuar el mar –sovint en condicions ben penoses i perilloses- cap a Europa a fi de poder encaminar la seva vida amb més seguretat.

Cal recordar que, abans de l’estiu, les notícies d’ofegats al Mediterrani no van generar excessius escarafalls a la societat, els mitjans de comunicació o les institucions. Més aviat al contrari: quan a Europa es discutia sobre el possible nombre de refugiats a acollir, vam haver d’aguantar un repugnant regateig dels líders europeus que consistia en aconseguir el menor compromís possible. Certament, l’extrema dreta xenòfoba va fer l’agost amb el tema, però polítics com Cameron, Rajoy o la mateixa Merkel inicialment també va adoptar una actitud freda i distant.

Però, enmig de tot plegat, va aparèixer una foto. L’Aylan, un nen kurd-sirià va ser trobat mort a la costa turca. La seva foto va córrer i, en poques hores, va esdevenir icona mundial de la tragèdia. I va provocar un canvi en la mirada del drama dels refugiats. Del passotisme, la indiferència i, fins i tot el cinisme, es va passar a una expressió pública de solidaritat.

Arreu d’Europa molta gent va mostrar la seva indignació i va reclamar reacció. Ajuntaments, com el cas de Barcelona, van fer un pas endavant, reivindicant el paper d’acollida. La cosa es va anar escampant. Al final, bona part dels líders europeus van acabar fent-se fotos i fent declaracions en el sentit que calia adoptar una actitud humanitària amb els refugiats.

Però al cap de poc, ja ens havíem oblidat de l’Aylan. I les polítiques oficials van continuar ignorant una realitat, evitant de coordinar-se i procurant no implicar-se excessivament. I, més enllà d’això: l’onada de refugiats no et pot reduir a un cas emblemàtic d’un nen. Són milions, de totes les edats, de molts llocs, de maneres de fer i viure ben diferents.

I no són una cosa puntual. Any rere any creix el nombre de refugiats que vol arribar a Europa. I sinó canvia la realitat que els empeny a marxar de casa, la tendència creixent continuarà.

 

Fugir de la violència per protegir la vida

Si les persones refugiades i desplaçades que hi ha al món constituïssin un estat, serien el 24è estat més gran del món. Una simple dada que ens situa, de cop, que som davant d’un problema de primera magnitud.

Les persones naixem en un lloc determinat i per circumstàncies personals, familiars o laborals podem anar a viure a una altra banda Però en general ens quedarem al lloc de naixement o al lloc que, per aquestes circumstàncies, hem acabat escollint com a nova casa nostra.

Sovint, la pobresa, la fam i la falta d’expectatives materials, provoquen que molta gent acabi marxant del seu país. Són les migracions que coneixem.

A vegades, però, el fet de marxar no és per canviar de vida sinó per a preservar-la. Viure sota les bombes o les matances, les vulneracions sistemàtiques dels drets humans o la persecució per ser d’una ètnia, una confessió religiosa o una opció sexual determinada, és malviure. I molta gent fuig, amb l’esperança de trobar un nou entorn. Són els desplaçats (els que deixen casa seva però es ressituen dins de la mateixa frontera de l’Estat) i refugiats (els que fugen de casa per mirar de ser acollits en un altre Estat).

Si algú es pensava que això dels desplaçats era una cosa del passat, res més lluny de la realitat: el nombre de persones que es veuen forçades a marxar, ha arribat al seu màxim nivell des que se’n tenen dades precises. Segons l’Alt Comissionat de les Nacions Unides per als Refugiats (UNCHR en anglès, ACNUR en castellà o català) el 2014 es va registrar una xifra rècord: 59,5 milions de persones desplaçades i refugiades. Vuit milions més que el 2013, 22 milions més que les xifres de 10 anys abans. D’aquests 59,5 milions, quasi 40 són desplaçats interns i quasi 20 són refugiats.

I malgrat que el dret d’asil és un dret humà bàsic i fonamental, recollit en la Declaració Universal dels Drets Humans (‘en cas de persecució tota persona té dret a gaudir d’asil polític en qualsevol país’), hem vist com la majoria d’estats europeus han cercat la manera d’evitar comprometre’s i no atendre els centenars de milers de persones que cercaven asil a Europa.

Però per valorar el galdós paper europeu, hem de girar la mirada enrere: el primer instrument jurídic internacional específicament dedicat als refugiats fou la Convenció sobre l’Estatut dels Refugiats de 1951 que, precisament, estava pensada per a regular els fluxos poblacionals forçats ocorreguts durant la Segona Guerra Mundial.

Si el món es va “inventar” la protecció dels refugiats pel patiment viscut per milions d’europeus, ara, Europa, el limita, el regateja i el restringeix. Tota una derrota moral europea absoluta.

Sens dubte, fa falta que els governs es comprometin, i practiquin, els principis humanitaris més fonamentals. Que reaccionin davant d’aquesta tragèdia. Però el millor humanitarisme, i el més efectiu, no és el que posa la tirita sinó el que es pregunta el perquè de la ferida i mira d’evitar-la.

L’increment brutal dels refugiats es deu, en bona part, a un nou rebrot dels conflictes armats. Després de molts anys en què el nivell de conflictivitat anava a la baixa, els darrers anys ha tornat a pujar. I no només pel nombre de conflictes sinó pel profund impacte en nombre de ferits, morts i desplaçats que alguns d’aquests conflictes recents, han provocat.

Com el cas de Síria, per exemple, el principal país del món pel que fa a generació de refugiats.

En només quatre anys, Síria ha esdevingut un país trencat i dessagnat. Tres anelles de conflictivitat, realimentades i superposades, han arrasat ciutats senceres. En un primer moment, al caliu de la primavera àrab, desenes de milers de joves van sortir pacíficament al carrer per protestar contra el règim i reclamar més accés, justícia i llibertats. La reacció governamental va ser brutalment repressiva i violenta. Una part de l’oposició es va armar i l’espiral de la violència va continuar incrementant-se.

En aquest punt, les potències regionals amb interessos al país van activar-se: Iran, tot donant suport logístic i militar al règim, i Aràbia Saudita i altres monarquies petrolieres mirant de reforçar els seus aliats –amb armes i suport econòmic- a fi d’apuntalar-los per tal que estesin ben posicionats en cas de caiguda del règim. Entre alguns d’aquests actors armats promocionats, o que es van saber espavilar enmig del caos, va fer acte de presència el jihadisme.

Finalment, l’anella internacional: Rússia, per lligams tradicionals amb el règim i per gestió d’interessos geostratègics i econòmics, donant suport explícit al règim. Per l’altre cantó, els Estats Units, França i Gran Bretanya, amb diferents nivells d’implicació i decisió, reforçant l’oposició armada pensant en tenir un aliat de futur.

El caos a la regió ha fet la resta: retroalimentant i complicant més la situació del conflicte sirià. L’Iraq post-ocupació, amb tot el reguitzell d’atrocitats comeses per les forces d’ocupació, els greuges per les tensions i les venjances comunitàries mal resoltes i la lògica de la cultura de la violència, va veure com Estat Islàmic, la cara més extremista del jihadisme, campava a plaer.

Durant aquests quatre anys, aquestes tres anelles han anat reforçant la lògica militar i abonant tota mena de ‘solucions’ armades (enviament armes, més combatents, capacitació militar, bombardejos, etc.). Uns escassíssims intents de negociació política, sense una autèntica pressió i implicació de la comunitat internacional, van fer fracassar estrepitosament les opcions de pau.

Resultat, el principal drama humanitari del Segle XXI: en un país de 20.000.000 de persones, més de 300.000 morts i més de 10.000.000 de sirians desplaçats i refugiats. La major part d’aquests darrers, per cert, acollits per països amb situacions econòmiques i socials molt més complexes i difícils que les d’Europa.

És clar: com més s’eternitzen els conflictes i els seus impactes, pitjor: part de la gent que ha marxat a Europa, no ha fugit de Síria, sinó que fuig dels camps de refugiats, en veure que el conflicte s’eternitza i la falta d’expectatives és el pa de cada dia.

Afganistan, Somàlia, República Democràtica del Congo, República Centreafricana, Sudan, etc. Són altres dels llocs del planeta que expulsen desenes de milers de persones.

Ho sabem: deixar podrir els conflictes, participar irresponsablement en el suport a règims criminals o oposicions criminals (i fer-ho per interessos immediatistes sense valorar l’impacte que això té sobre la població), assortir d’armes zones conflictives i explosives, generar ressentiments a base de vulneracions de drets humans, tenir un sistema econòmic on la criminalitat (d’empreses, actors, grups terroristes, estats autoritaris, etc.) té porta d’entrada, etc. Tot això són elements que fan un món més insegur, més injust, més explosiu. Que genera i ajuda a perpetuar conflictes armats, morts, destrucció i, és clar, refugiats i desplaçats.

Davant l’allau de refugiats, cal una política humanitària de xoc i acollida. Però l’autèntica política humanitària és fomentar la pau, afavorir la resolució de conflictes, promoure la garantia dels drets humans (tots, els civils i polítics i també els econòmics i socials), exercitar la democràcia i consolidar instruments i mecanismes de governabilitat regional i global més democràtica i justa.

Mentre permetem o, directament fomentem, la injustícia, la barbàrie i la violència, l’onada de refugiats serà una, entre moltes altres, de les conseqüències que haurem d’administrar.

 

Principals estats d’origen dels refugiats 2014 Font: UNCHR-ACNUR
1. Síria 3.880.000
2. Afganistan 2.590.000
3. Somàlia 1.110.000
4. Sudan 666.000
5. Sudan del Sud 616.000
6. República Democràtica del Congo 516.000
7. Birmània 479.000
8. República Centrafricana 412.000
9. Iraq 369.000
10. Eritrea 363.000

 

Estats que més persones refugiades acullen el 2014. Font: UNCHR
1. Turquia 1.590.000
2. Paquistan 1.510.000
3. Líban 1.150.000
4. Iran 982.000
5. Etiòpia 659.000
6. Jordània 654.000
7. Kènia 551.000
8. Txad 452.000
9. Ucraïna 385.000
10. Xina 301.000