‘El País’ que se fue

17 12 2017

(Mail enviado a El País)

Sras y Sres de El País,

Les comunico que no renovaré mi condición de suscriptor para el año 2018.

Seguiré leyendo noticias de periodistas, artículos de colaboradores y crónicas de corresponsables de El País que valoro. Seguiré atendiendo y colaborando con el periódico cuándo me lo pidan, como hago con el resto de la prensa. Pero dejo de ser suscriptor. ¿Es un matiz irrelevante? Quizá. Pero no lo creo.

Parafraseando, podría decir eso de ‘ya no me acuerdo de las razones que me llevaron a leer El País…’ pero es mentira, me acuerdo perfectamente.

Leer prensa es una de mis pasiones. Siendo muy joven, ya leía y disfrutaba la que había en casa. A mediados de los 80, empecé a leer El País: no lo tenía en casa, así que fue una decisión personal. Y lo hice porque encontré buena información internacional, política, social y cultural.

Recuerdo leer algunas crónicas en el periódico dónde hasta en el último párrafo podía encontrar algún dato esclarecedor, alguna pista estimulante, algún elemento de contexto sugerente. Algo que valoraba de El País es que se podían encontrar buenos reportajes sobre temas que no encajaban con su sensibilidad ideológica. Había un esfuerzo por entender, explicar y dar las claves sobre lo que pasaba, más allá de si esos hechos gustaban o no.

Al cabo de los años, me hice suscriptor. Me pareció razonable: lo compraba a diario, a diferencia de otros periódicos que leía con menor frecuencia. Durante muchos años fue, no el único, pero si el periódico al que principalmente acudía.

Claro: puedo recordar muchas cosas criticables y censurables de El País. Pero eso no quita toda la colección de buenas piezas periodísticas que ofrecía y que yo recortaba y guardaba con celo.

En los últimos años, todo eso se ha ido perdiendo. Ha perdido periodistas, ha perdido calidad, ha perdido firmas de opinión y, en general, ese código periodístico que yo tanto apreciaba.

Lo más grave: El País ha dejado que sus filias y fobias ideológicas pasaran de los editoriales a las noticias y a la información. Ha habido portadas, titulares y algunos enfoques forzados hasta extremos ridículos, en los que se veía a la legua sus obsesiones dependiendo del momento (anti-Podemos, anti-Pedro Sánchez, anti-soberanismo, etc.). En los últimos tiempos he tenido cada vez más la sensación de estar leyendo un periódico militante, un periódico de un proyecto político. No he apreciado esfuerzo por entender, explicar y contextualizar cosas que no gustaban ideológicamente a El País sino, simplemente, condenarlas y ridiculizarlas.

Con el ‘procés’ El País ha perdido definitivamente su norte: muy poco periodismo y mucha militancia política. Más allá de reportajes muy tendenciosos y titulares que faltaban a la verdad, la gestión de la opinión resulta incomprensible. Hace 2 años, publicó un editorial ‘contestando’ un artículo de líderes independentistas porque consideraba que faltaban a la verdad. Era la primera vez que veía eso en El País y nunca más lo he vuelto a ver. En los últimos meses, colaboradores habituales como Joan B. Culla, Francesc Serés y Jordi Matas informaron de haber recibido censura y vetos en sus artículos de opinión y dejaron el periódico. También se rescindió la colaboración con John Carlin después de algunos artículos discrepantes con la línea editorial. Con todos estos datos, uno se queda muy extrañado ante artículos de opinión dónde, por poner solo tres ejemplos, se menciona a las escuelas catalanas como ‘madrasas’, se describe lo que pasa en Cataluña como de ‘limpieza étnica’ o se compara el independentismo con el nazismo. No ha tenido El País la necesidad de desmarcarse, vía editorial o veto, de estas absurdas e impresentables afirmaciones? ¿Y si los respeta atendiendo a la libertad de expresión, porque no la respetó en los otros casos?

Sin duda, la falta de independencia política editorial, la influencia de intereses económicos de grupos inversores y financieros y, por consiguiente, la pérdida de músculo periodístico (agravada, además, por la precarización que sufren los y las periodistas) es un problema de la prensa y los medios de comunicación en general. Pero, hoy por hoy, El País no parece una solución a esa situación sino parte del problema.

Todo esto nada tiene que ver con lo que yo aprecié, valoré y por lo que me acerqué a El País. Ideológicamente, sigo estando más o menos dónde estaba al empezar a leerlo y era consciente de mis diferencias y matices con la línea editorial del periódico. Así que, no dejo El País por su militancia ideológica, lo dejo por su falta de militancia periodística.

Supongo que, con poca confianza en ello, escribo esto para ver si El País reacciona. Al menos, estrictamente por prudencia, deberían valorar la opinión de alguien que ya no puede hacer aquello que durante casi 30 años fue uno de los elementos básicos de su dieta periodística diaria: coger El País en el Kiosco y devorarlo.

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Oslo avui i Oslo fa 20 anys, o la incidència de l’activisme ciutadà pel desarmament

10 12 2017

 

Si una sola bomba pot causar tan patiment, com pot ser que es permeti que encara n’hi hagi tantes?

S’ho preguntava, i a la vegada denunciava, Setsuko Thurlow. Quan tenia 13 anys va patir la bomba nuclear a Hiroshima. La seva germana i la seva neboda van morir, moltes amigues seves també. Ella no, esdevenint, així, una hibakusha, una supervivent de la bomba nuclear. Des de llavors, recorre el món tot recordant i reclamant la urgència de prohibir les armes nuclears. També, per cert, a Barcelona, on va ser el 2008 amb una delegació de 100 hibakusha i on, entre molts contactes, van ser rebuts per l’Ajuntament de Barcelona i el Parlament de Catalunya.

Thurlow té raó. Les bombes d’Hiroshima i Nagasaki (que gairebé van destruir completament les dues ciutats japoneses els dies 6 i 9 d’agost de 1945) van suposar la mort de més de 240.000 persones. Eren les primeres detonacions que es van fer. Després d’aquella terrible experiència, el més raonable era pensar que s’intentaria evitar per totes les vies unes armes tant cruels. Però, no. Al punt més àlgid de la Guerra Freda hi havia fins a 50.000 armes nuclears. Avui, quasi 30 anys després de la fi de la Guerra Freda, després de diversos acords de desarmament de les dues principals potències nuclears (Estats Units i Rússia), encara tenim quasi 15.000 armes nuclears.

La demanda de desarmament ha estat una constant del moviment per la pau des de la segona Guerra Mundial. I, en els darrers anys, s’han aconseguit resultats notables. Ara, precisament, fa 20 anys una campanya aconseguia un tractat pioner que prohibia les mines i inaugurava un període fructífer en el camp del desarmament. Deu anys més tard, les bombes de dispersió també quedaven prohibides. Fa 3, un nou Tractat obligava els Estats a evitar la proliferació i el descontrol en les transferències d’armes convencionals.

I aquest mes de juliol, davant la reiterada manca de voluntat de les potències nuclears d’avançar cap al desarmament (tal com contempla el Tractat de No Proliferació Nuclear des de 1968), les Nacions Unides acollien l’aprovació d’un tractat revolucionari: un acord de prohibició de les armes nuclears. Òbviament, falta molt. Per començar, que les potències nuclears s’hi sumin. Però, fins ara, no només s’havien oposat al desarmament nuclear sinó que, també, havien aconseguit bloquejar qualsevol iniciativa diplomàtica que el reclamés. I, aquesta vegada, no ho han pogut evitar: més de 120 països van donar suport al tractat de desarmament nuclear.

Cal dir-ho i repetir-ho, perquè sovint ens oblidem de la nostra força: tots aquests avenços en desarmament han estat fruit, a més de la responsabilitat d’alguns estats i diplomàtics, de la ferma determinació i tenacitat de la societat civil d’arreu del món, compromesa en fer retrocedir la violència i en construint espais i realitats de pau.

Avui a les 13.00 h, Setsuko Thurlow, acompanyada per Beatrice Fihn, directora de la campanya ICAN contra les armes nuclears, recolliran a l’Ajuntament d’Oslo el Premi Nobel de la Pau 2017, acompanyades per centenars d’activistes i ONG de la Campanya de tot el món, també de Catalunya.

Precisament avui, però fa 20 anys, la nord-americana Jody Williams recollia a Oslo el Premi Nobel per la campanya contra les mines antipersona. Des de llavors fins avui, els dos premis constitueixen un excel·lent fil de reconeixement a la necessitat de l’activisme ciutadà i social en la lluita per la pau al món. Perquè com va dir Jody Williams, “preocupar-se pels problemes que afecten el nostre planeta sense prendre mesures per afrontar-los és absolutament irrellevant. L’única cosa que canvia aquest món és passar a l’acció